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miércoles, 16 de mayo de 2012

Murió un amigo.


Cuento.

Armando Brugés Dávila.

¡Huy, qué pena! Ahí viene Juan Mendoza. Si aquella tarde hubiera hecho lo que tenía que hacer, no estuviera en este lío ahora. ¡Qué vaina! A propósito recuerdo nuestra época de muchachos, cuando junto con su hermano Eusebio y otros pelaos amigos de cuadra nos íbamos a coger mangos al rio Manzanarez, en un recodo que llamaban Perehuétano. Nunca olvidaré la incursión aquella en que el hermanito menor de uno de los del combo, se resbaló cayendo a la quebrada, por aquellos días desbordada por las lluvias. Con la fortuna que cuando las aguas  parecían arrastrarlo para golpearlo contra las rocas, fue precisamente Eusebio quien logró asirlo de los cabellos y detenerlo en su carrera aguas abajo. El susto fue tal que allí terminó el paseo. Mientras pensaba en estas cosas, Juancho, como le decíamos sus amigos, se iba acercando cada vez más, por lo que tenía que pensar rápidamente qué carajo le iba a decir para excusarme. Si bien es cierto hacía rato que no nos veíamos, obviamente mi trabajo en otra ciudad  tenía mucho que ver en ello, nuestra amistad de adolescentes perduró a través del tiempo.

Fue precisamente el sábado de la semana que había pasado cuando de manera accidental me topé con Tiburcio Quintero, quien entre agitado y consternado, me preguntó: Supiste que murió Eusebio Mendoza?

Cómo así, no puede ser. De qué murió? No sé, lo único que tengo claro es que lo entierran hoy en la tarde. Hombre, te agradezco la información.  Y continuó diciendo Tiburcio, de todos modos sólo nos lleva la delantera. Lástima, era un buen tipo. Hay que darle el pésame a la familia. Fue lo último que le escuché. Y continuó raudo. Parecía que iba retrasado a algún sitio. Así era siempre, vivía en un acelere permanente. Recuerdo una vez que nos invitaron a una reunión política de un grupo de izquierda, que a la sazón se encontraba reclutando jóvenes militantes y no muy bien iniciada la charla ya él estaba pidiendo que le enseñaran a fabricar bombas molotov. Todos soltamos la risa. El expositor, recuerdo, le señaló que en el ámbito de la revolución había que caminar despacio pues a ella sólo le servíamos vivos y libres.  Era la época en que la ciudad  sólo contaba con un cementerio, el San Miguel, pues el otro que existía era para enterrar a los ateos, paganos, herejes y católicos satanizados por haberse suicidado. De pequeño, al pasar por allí, sólo o acompañado, se me ponían los pelos de punta; la idea era que en aquel sitio, por razones obvias, sentaba sus reales Lucifer y sus áulicos demoníacos. Curiosamente se encontraba ubicado a una cuadra del club social de la ciudad. Al San Miguel, entre tanto, lo separaba de la Cárcel Municipal, conocida como el Panóptico, una plazoleta o peladero, donde en época de brisa no se podía transitar porque los remolinos que allí formaba la Loca, como llamábamos cariñosamente los lugareños a la brisa, no sólo levantaba las faldas a las mujeres dejándolas en física pantaletas sino que había que cerrar bocas y ojos so pena de correr el riesgo que se nos llenaran de tierra.

A medida que Juan se acercaba, las posibles excusas pasaban por mi cabeza a velocidad alucinante, pero en mi afán de elaborar una creíble, ninguna parecía llenar tal requerimiento. Recuerdo que aquella tarde por puro y físico descuido no fui al sepelio y ahí radicaba el problema que se me avecinaba.

De inmediato lo primero que hice fue comenzar a poner cara de aflicción, digna de la ocasión. Al tenerlo al frente lo saludé y sin dejar que me comentara nada, le dije: Juancho, sentí mucho la muerte de Eusebio. El día del sepelio, no obstante haber llegado un poco tarde, te busqué y al parecer ya te habías ido, pues no te pude encontrar, por eso aprovecho la ocasión para expresarte mis condolencias.

Gracias Beto, te agradezco mucho; la verdad es que a Eusebio lo enterraron, en Maracaibo, el murió allá de un infarto fulminante.

A lo que sólo atiné a decir: Entonces…, en cuál sepelio estuve? 

domingo, 11 de diciembre de 2011

Brillantino.

Cuento.

Por Armando Brugés Dávila.
El viaje a la capital estaba próximo. Estanislao había culminado con éxito académico sus estudios secundarios, lo cual le permitió hacerse a una beca para estudiar en una prestigiosa universidad de la capital.
Ese era el motivo para abandonar su pueblo y todo lo que a él lo ataba, especialmente su mascota, un mochuelo al que le puso  Brillantino, nombre que sacó de la canción de Adolfo Pacheco. Esta hermosa criatura le levantaba todas las mañanas con sus trinos y le iba a resultar muy difícil estarse sin ella. Pero no había caso, así era la vida.
Ya en la universidad y transcurridos algunos meses,  una tarde después de clases, un compañero de curso con quien había hecho amistad lo invitó a una fiesta, la que gustoso aceptó.
Ya tenía más de una hora de estar en la reunión, y aunque la misma estaba muy animada, se encontraba aburrido. Las chicas parecían poco interesadas en intercambiar con él. Seguramente, pensaba, por la pinta de provinciano recién desempacado que le debía acompañar por aquel entonces y que seguramente le hacía poco atractivo para ellas.
Incluso ya le había comentado a su amigo sobre el deseo de retirarse, cuando de pronto apareció. Era una negra, increíblemente atractiva. Bastó  que cruzaran sus miradas. Ahí comenzó todo. La noche cambió de manera repentina y las experiencias nuevas se fueron sucediendo unas tras otras. A medida que avanzaba el baile, el cuerpo de ella se apretaba cada vez más al de él, como queriéndose confundir en uno sólo.
Se despidió de su amigo, con el compromiso de verse el lunes en la clase de Antropología, pues la chica le había invitado para que con otra pareja, amigos de ella, irse a su casa para escuchar música y que los sorprendiera allí la aurora del domingo. La idea le pareció full bacana. En su tierra un programa así, en la casa de una amiga era impensable.
Al llegar a la casa Lía, así se llamaba su amiga, le dijo que sus padres estaban en el segundo piso, pero que se estuviera tranquilo, que ellos se encerraban en su cuarto y no oían nada. Ya en la sala, se sentaron, Lía encendió el equipo de sonido y José, así se llamaba el otro amigo, pidió a su amiga Susana que sacara de su mochila la botella de aguardiente, la cual ella puso sobre la mesa. Lía por su parte subió a su cuarto y bajó trayendo en sus manos un cigarrillo parecido a los que alguna vez le había visto armar a algunos campesinos con sus dedos antes de iniciar sus duras labores. En el campo, los cigarrillos en paquetes no eran cosa común.
Lía, sentándose a su lado, sin problema alguno le preguntó:
¿Alguna vez has fumado marihuana?
En aquel momento dio gracias que estaban a media luz, pues de lo contrario ella se hubiera percatado de su turbación. Nunca se había sentido cogido tan cortico y menos en circunstancias tan especiales. Sintió complejo de varón y decidió continuar el juego, diciéndole:
- Para decirte verdad, sí. Fue una vez con unos amigos del colegio, pero para serte sincero, no sentí nada.
Lía, dirigiéndose a José y a Susana, quienes miraban expectantes, dijo:
-  Bueno, eso facilita las cosas. Iniciemos el viaje.
Dos años después se encuentra en su casa. La caída en la droga le determinó  bajo rendimiento académico y obviamente la pérdida de su beca. Durante algunos meses logró engañar a sus padres, haciéndoles creer que estaba estudiando cuando en verdad, comenzó vendiendo los libros de estudio y terminó vendiendo hasta la cama. Sus amigos desaparecieron. Lía terminó fugándose con el amigo de aquella noche, de Susana no volvió a saber. Su  condición de drogadicto, esa que le hizo incursionar por la coca, la heroína y el bazuco, le resultaba aterradora, pero motivos indescifrables le impedían salir de ese hueco. El hambre comenzó a azotarlo y eso lo devuelve a casa. Había perdido la vergüenza.
En casa no tuvo más remedio que contarlo todo. A su padre se le vino el mundo encima, no entendía cómo su hijo había podido caer tan bajo. Su madre en cambio, lo miraba con ojos de angustiosa piedad, sin saber qué decir. Todo fue silencio.
El volver a casa no arregló nada. La droga comenzaba a conseguirse fácilmente también allí. Todas las mañanas, Brillantino,  lo levantaba con su trino y él volvió a poner su alpiste. Era un regresar a su rutina de antaño, pero ahora enredado en la telaraña de la drogadicción. Cuando su viejo salía a trabajar y su mamá iba a la plaza, aprovechaba para fumarse un pucho en el patio de la casa, evitando así que el olor quedara impregnado en las paredes y lo delatara.
Un día, notó con mucho agrado que Brillantino la pasó cantando toda la mañana y toda la tarde. Era un pajarito en celo y su canto no era otra cosa que un llamado angustioso a una pareja imposible. El mochuelo era lo único que le quedaba. En su trino encontraba consuelo a su impotencia emocional de no poder dejar la droga. Aquella noche, al regresar de la calle, en donde se había fumado un pucho, llegó a la casa y en la cama pensó que sólo había una solución: Quitarse la vida. No soportaba seguir siendo la vergüenza de sus padres y sufrir el desprecio de sus antiguos amigos. De pronto, se percató que Brillantino aún cantaba y recordó el verso de la canción de Pacheco, que decía: “Tu cantar, tu lírica canción, es nostálgica como la mía, porque mochuelo soy también de mi negra querida”. Recordó a Lía y recordándola quedó dormido.
Cuando despertó, eran cerca de las ocho de la mañana. Supuso que su mamá ya le había puesto la comida a Brillantino.  Se levantó y salió al patio a saludarlo. Al llegar a la jaula, sintió que la resaca de la marihuana estaba haciendo mella en su organismo. Pero no, no era la resaca, era la realidad. Brillantino estaba muerto.
Diez años después, totalmente recuperado de la drogadicción y no obstante considerarse culpable, tiene claro  que la muerte de Brillantino, fue su salvación. Aquella mañana por estar bajo el efecto de la droga no le puso su comida. Su canto de todo el día y el muy extraño de la noche no eran de amor, como estúpidamente lo había imaginado, sino de hambre. Lo había asesinado. A partir de entonces un sentimiento de culpa tan intenso se apoderó de él, que el mismo terminó por desprenderlo de la angustiosa necesidad de la cannabis, origen de semejante infamia. Y aunque con el tiempo tuvo que reconocer que la canción de Pacheco, no era más que una grosera y maléfica creación contra la libertad de las aves canoras del planeta, la última estrofa, en su caso muy particular, parecía palabra de cura ibérico:

Es que para el animal no hay
                                                 un Dios que lo bendiga.



armandobrugesdavila@gmail.com


domingo, 13 de noviembre de 2011

La joven del colegio.

Cuento.
Por Armando Bruges Dávila.
Una vez embarcado, la buseta destartalada y oxidada, siguió su marcha, pistoneando con ese estilo anacrónico tercermundista que las identifica tanto aquí como en África. Parecía querer robarle aire al tiempo para durar un poco más en servicio, antes de terminar arrumada frente a un solar cualquier día.
El desgreño de la ciudad se notaba en su avenida principal, otrora de dos vías, ahora de una, pero con los mismos dos carriles y atestada de toda clase de vehículos. Y como si fuera poco atiborrada a lado y lado de tenderetes que la cultura popular terminó llamando “Agachates”. En ellos se venden desde cordones, pasando por CD pirateados, relojes, calzados, herramientas, incluso vestidos de mujer de dudosa procedencia asiática. Nadie entendía por qué estaban allí, después de haber hecho el Estado una inversión millonaria en la urbe, dizque para ponerla a tono con las nuevas exigencias turísticas mundiales. Las malas lenguas, esas a las que el pueblo denomina “voces de la calumnia” decían que los ventorrillos eran propiedad de concejales y políticos locales.
Ensimismado iba en mis pensamientos, cuando la vi sobre la acera. Era una mujer de unos 70 años, sus gafas bifocales no alcanzaban a darle ese aire erótico que en algunas mujeres más jóvenes, parece producir de manera misteriosa esta prenda. Por el contrario, acentuaban más su edad. Parecía esperar algo… Sorpresivamente levantó la mano para solicitar un pare a la buseta en donde iba. El chofer orilló el vehículo y ella con esfuerzo y algo de torpeza logró subir. Como es la irresponsable costumbre, no bien había puesto los pies en el vehículo, éste arrancó haciendo que la nueva pasajera perdiera el equilibrio y cayera sobre las piernas de otra señora en un asiento aledaño. Detalle este que permitió quedara un puesto delante mío y en la hilera contraria, lo cual la hizo quedar en un sitio donde pude observarla a mi antojo.
A partir de ese instante, mi mente voló a través del tiempo unos 50 años atrás. Me encontré en la misma avenida, pero unas tres cuadras antes, en esa época totalmente despejada tanto de vehículos como de “Agáchates”. Era una mañana soleada, se celebraba el 20 de julio, día de la independencia nacional. Ocasión durante la cual todas las instituciones escolares desfilaban por las principales calles, luciendo sus vistosos uniformes de gala y sus relucientes instrumentos musicales a los que llamábamos, en nuestro afán loco de imitar, con el terrorífico nombre de “bandas de guerra”.
Me recuerdo de pie en una de las aceras. A mi espalda el teatro de la ciudad y al frente la casa cural de la Iglesia Catedral. A lo lejos divisé el uniforme blanco de las peladas del colegio público femenino más importante de la ciudad. Era una institución educativa de estudios comerciales a donde todos los padres de escasos recursos aspiraban que ingresaran sus hijas, dado que allí las preparaban para el trabajo en oficina. Un empleo para sus hijas en la administración pública, era la mejor y tal vez la única posible opción que tenían de lograr un trabajo que les permitiera a las niñas contribuir a la economía del hogar. Para ellas, la universidad era sólo un sueño de hadas.
Allí, encabezando el desfile y portando el estandarte de la institución, estaba ella. Radiante. Parecía una diosa del Olimpo. Su piel blanca, semejaba nácar de las profundidades Caribe. Su nariz recta le daba un aire de guerrera troyana. Sólo semejante belleza podía llevar con tanta elegancia y donaire insignia tan digna. Su paso largo y alegre la asemejaba a gacela en llanura africana. Su uniforme blanco de falda corta y cuello alto, la hacía aquella mañana de julio, increíblemente exótica.
No me quedaba duda: la mujer que tenía delante, era ella, pero ahora sometida por el tiempo y por la vida misma. Verla descender de la buseta fue duro. De aquella belleza helena, de andar elegante, ligero y sexy no quedaba sino un cuerpo corvo y jadeante. Cronos inexorable, se había negado a condonarle su deuda de eterna juventud.
De repente, una especie de terror límbico invadió mi cuerpo. Acababa de ser consciente que ese tiempo y esa vida a la cual me refería, también tenían que ver conmigo, pero que mi cerebro, seguramente como el de mi compañera de viaje, inducido quién sabe por qué mecanismo de vanidad biológica, se negaba a aceptar la triste pero hermosa realidad, de haber llegado, igual que ella, al estado de adultez mayor.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Pelaos jalándole a la filosofía del conocimiento.


Cuento

Por Armando Brugés Dávila

A mi nieto Miguel Andrés Silva Brugés.

Papá, qué es la incertidumbre?
-Carajo mijo, con tantos problemas que tengo, comenzando por el que no hay trabajo, y me vas a preguntar semejante pendejada. La única incertidumbre que conozco es una canción que cantaba Alfredo Sadel, y se la cantaba a las cachacas en la playa, frente al ParK Hotel, en las temporadas de diciembre.
Y a continuación me soltó una sonora carcajada.
Ante semejante respuesta sólo pude sonreír, callar, dar media vuelta y reconocer que estaba en el lugar equivocado.
Más tarde, me encontré con mi amigo Uldarico, un pelao piloso y teso para Internet, quien infortunadamente estudiaba en otro colegio y le comenté:
Vale, tengo una inquietud la verraca. Ayer leí que el ser humano lo puede soportar todo, menos la incertidumbre.
¡Aja! Y cuál es el problema? Me respondió.
Y le dije:
Te parece poco. Que exista algo que nosotros no seamos capaces de soportar y además inmaterial…No entiendo. Si soportamos hasta la locura. Cómo puede ser eso, no lo entiendo.
Oye cierto. Es curioso. Me dijo Uldarico. Y me propuso que hiciéramos de esta pendejada, como la llamó mi papá, un proyecto de investigación vía internet.
Listo, va pa esa.
Nos comprometimos a encontrarnos al sábado siguiente para comentar sobre lo averiguado.
Cinco días más tarde al llegar Uldarico a mi casa, y sin darme tiempo a decir nada, comenzó:
Huy pelao, esto ha resultado más interesante de lo que creía. Resulta que la palabra tiene su cuento. Imagínate que el diccionario la define como duda, falta de certidumbre o sea falta de conocimiento seguro y evidente de que algo es cierto. Pero resulta que en Internet me encontré con que un teso de la física llamado De Bhroglie, encontró, experimentando en su laboratorio, que algunos electrones, a diferencia de lo que se creía hasta ese momento, no respetaban la norma general de desplazamiento, detalle éste que lo hizo llegar a la conclusión de que en el mundo material todo era incierto. Esta declaración armó un tierrero tal entre los hombres de ciencia de la época que los dividió de una.
Y remató: Ahora y para que te quede el casco ardiendo, resulta que otro duro de la física llamado Werner Heissenberger, partiendo de ese delgado hilo de fundamentación teórica, terminó planteando el llamado Principio de Incertidumbre, el cual se vino a convertir en la base de la actual física cuántica que surgió como respuesta a los problemas que no podían ser resueltos por medio de la física clásica. ¿Cómo la ves?
Oye loco, cómo así?
Como lo oyes, mariquita e playa. Pero eso no es todo. Resulta que hoy día científicos, entre los que se destaca un compatriota nuestro de nombre Rodolfo Llinás, no dudan en señalar que fue precisamente la incertidumbre la causa directa, para que los primeros animales generaran como necesidad vital la anticipación y para que el proceso terminara por convertirse en la semilla germinadora de lo que a futuro se identificaría como el conocimiento. Mejor dicho vale, la esencia de lo que hoy llamamos inteligencia, propia de los humanos, es una capacidad que comenzaron a construir los animales en su proceso evolutivo en el momento mismo en que iniciaron el aprender a anticiparse a la incertidumbre.
Yo, no hacía nada más que mirarlo y escucharlo en silencio, asombrado de dónde diablo había sacado tanta vaina este loco.
Y continuó diciendo:
Llinás dice que las plantas no necesitan cerebro, por la sencilla razón que su sobrevivencia no depende de la anticipación, ellas no requieren de movimiento para subsistir, lo que necesitan para ello lo reciben de los rayos solares y de la madre tierra.
En cambio, para los seres vivos anticiparse a lo que pudiera suceder a futuro resultaba de una importancia capital, era algo de vida o muerte, no hacerlo podría implicar bien caer en las fauces del depredador o caer en el fondo del abismo.
Es decir, siguió diciendo, el hecho de haber logrado los animales anticiparse a la incertidumbre, ha llevado a los hombres de ciencia a considerarlo como el clímax, no propuesto, del proceso evolutivo de los animales. Y la última que te tiro es que algunos científicos consideran que esta cualidad de la anticipación, ante la incertidumbre de la no inmortalidad de la especie, tan cara a la vanidad humana, ha podido ser, en última instancia, la causa generadora de los cielos, los devas y los suargas.
Al llegar a este punto, solo pude decir:
Sabes qué vale, mejor cállate, porque me estas dejando un embrollo en la cabeza que no se qué carajo voy a hacer ahora para salir del mismo. Yo solo vine a decirte que dejáramos la vaina para el otro sábado porque no había tenido tiempo de investigar nada.


martes, 16 de agosto de 2011

Un mal negocio.

Cuento.

¡Mijo no se case con cachaca!
La primera vez que escuché la frase de labios de mi vieja no alcancé a sospechar la magnitud del mensaje. Incluso llegué a pensar que carecía de sentido. Mi modelo de compañera lo tenía muy bien definido y a ello había contribuido obviamente mi origen y mi forma de vida caribeña. En aquellos años mi sueño de mujer era una morena culiparada, algo sumisa y oliendo a mar. Una interiorana no estaba ni remotamente en el inventario de mis querencias.
Pasó el tiempo y un buen día me encontré en un bus rumbo a Bogotá, iba con todos los fierros, pleno de ilusiones, obsesionado con la idea del éxito.
Una tarde, sin poder recordar exactamente que hacia yo por aquella calle, la vi, menudita, con un cuerpito que en mi mundo de corroncho solo creía posible encontrar en las hembras de mi tierra.
De allí en adelante el casette de mi vida se pegó una acelerada tal que sin saber el cómo, el cuándo y el donde ya teníamos tres hijos.
Recogiendo mis pasos, como decían los abuelos, recuerdo que la capital me acogió, no muy bien de entrada, pero me acogió. Comencé de mensajero en una farmacia, luego pasé a operario de un depósito farmacéutico, llegando más tarde a ocupar el cargo de visitador médico.
Mi compañera, serrana al fin, se adaptó fácilmente a mi naturaleza de machista costeño, egoísta y celoso. A decir verdad me sentía realizado. Un día cualquiera una compañía farmacéutica me ofreció la representación de sus productos en un sector de la costa atlántica y además ofreciéndome como base de operaciones mi ciudad natal. Me sentí hecho. Era volver a mi tierra a demostrarle a mi gente que el vago que decían que era, se había convertido en un serio y calificado promotor de una importante productora de artículos farmacéuticos.
Trabajar en mi tierra era algo que siempre me había atraído, pero sin llegar a pensar que la ocasión se presentaría en esa forma tan inesperada. Desaprovecharla hubiera podido ser causa de arrepentimientos futuros. No podía quejarme, tenía un hogar y un trabajo que a más de gustarme, algo difícil de lograr en un país de desempleados, despertaba, al igual que lo hacia mi mujer, la envidia de más de uno. Que más podía pedir, viviendo en un país en donde amanecer vivo era de por sí una hazaña.
Solo y orgulloso llegue a mi tierra, mi familia había quedado en la capital, esperando que me ubicara y recibir la orden de viajar. Con sorpresa me encontré con que la mayoría de mis amigos de infancia al igual que yo, habían emigrado en busca de mejores oportunidades, otros se habían perdido en los vericuetos de mi memoria, mientras que ellos a mí parecían haberme extraviado en los abismos profundos de las suyas. Me encontré sin amistades en mi propia tierra.
No obstante haber llegado a la casa materna, en la primera oportunidad me lancé a conseguir residencia para mi familia. Quería sorprender a mi mujer y a mis hijos con una casa grande en donde no solo ella pudiera satisfacer su afición por las plantas si no que ellos pudieran jugar sin las ataduras de una vestimenta hostigante y pesada a la que los obligaba el medio bogotano.
Por fin llegaron, pero el agobiante calor de la costa comenzó a maltratar sus humanidades. La menor comenzó a mostrar serios quebrantos de salud. El proyecto no daba muestras de querer cuajar, pero al final se adaptaron.
Ocho meses después llegó nuestra primera visita, los padres de mi mujer. Duraron un mes largo. Poco después de la ida de mis suegros, un cuñado que vivía en una población cercana comenzó por visitarnos los domingos para terminar cayéndonos religiosamente en cuanto puente festivo se presentaba. En el mientras tanto un tío y su hija, esta última ahijada de mi mujer, quienes vivían en Fusa, comenzaban a considerar imperdonable desaprovechar la oportunidad de conocer la Costa cuando solo necesitaban gastar los pasajes. Afortunadamente su visita duró apenas veinte días.
Después fueron dos de sus hermanas quienes aprovechando su condición de varadas en la capital decidieron venirse a estas tierras a temperar la “vacancia obligada” a que estaban sometidas por falta de empleo. Cuando una de ellas al cabo de un mes se decidía a hacer maletas, por incompatibilidad climática, se vino entonces una tía con su hija y la nieta de escaso año y medio quien por obvias razones no perdía oportunidad para llorar, especialmente por las noches.
¡La locura! De visitador médico me había convertido en administrador de “Residencia”, con el agravante que me tocaba pagarlo todo.
Que vaina, definitivamente mi error fue casarme con una cachaca.
¡Razón tenía mi mamá, caramba!

Y le pesó toda la vida.

Cuento.
Por Armando Brugés Dávila.
Ya en su lecho de muerte Vespasiano se hizo la pregunta y la misma lo cogió fuera de base, su cabeza comenzó a darle vueltas. Entonces recuerdos desordenados comenzaron a cruzar por su cerebro a los que él de alguna manera intentaba ordenar.
Así fue siempre. Desde niño, recordaba como los adultos le reclamaban porque no las daba ante cualquier detalle que tuviera que ver con él y su relación con ellos, pero para su infortunio nunca pudo entender el porqué de tal reclamo.
Con esa casi que milagrosa capacidad que tienen los seres humanos de poner en presente su pasado, a su mente seguían llegando de manera atropellada los recuerdos de cómo en su casa, ni su abuela, pasando por su madre, quien entre otras cosas ejercía el papel de “madre cabeza de familia”, tampoco sus hermanas y hermanos, y menos aún un tío político que vivía con ellos, se las daban a él por nada, pero de alguna manera vivían exigiéndoselas.
Era el último de una camada familiar en donde, como sucedía en la mayoría de los núcleos familiares pobres del tercer mundo no existía padre para mostrar. Mucho tiempo después entendió la situación, el bajo nivel de educación de los mayores, a lo sumo el tercer año de primaria, lo normal en la época que les toco vivir, era una de las causas. Lo que aunado a una tradición cultural que fomentaba y alimentaba el derecho a oprimir que tenían los mayores, fundamentado en un machismo crónico, terminaba de cerrar el círculo. Era un ambiente en el que se aceptaba casi que como mandato divino que el mayor o más fuerte ordenara y el menor o más débil obedeciera. Sentencia que obviamente aprovechaban incluso los hermanos mayores y los varones para ejercer su poderío en la medida que al interior del grupo se les permitiera.
De igual manera recordaba como en ese fabuloso mundo de socialización que es la escuela, y la suya fue la pública, se encontró con una situación similar, a la de su casa. Allí directivos y maestros pedían y exigían que se las dieran. Y era lógico, a los profesores, criados también en esa cultura machista y opresiva, tampoco nadie se los había enseñado y mucho menos que ellos debieran dárselas a sus jóvenes discípulos, antes por el contrario fueron levantados en la idea consciente o inconsciente que hacerlo podría entenderse como una debilidad magisterial. Esa fue la razón por la cual en su cosmología libertaria nunca pudo asimilar que darlas fuese de una importancia tan vital, socialmente hablando, y por el contrario durante largo tiempo interpretó que hacerlo era un gesto de humillación y sometimiento.
Ahora ya tarde, cercana la hora de volver a ser parte de la energía universal, percibía de manera irracionalmente clara que ellas, como las células glía que cumplen funciones de sostén y nutrición en el cerebro, contribuyen de manera casi mágica a las buenas relaciones entre los seres humanos. Pero ya era tarde, en casa nunca se le explicó y en la escuela tampoco. Hoy un mal entendido por no dar unas gracias de manera oportuna lo tienen al borde de la muerte.

sábado, 2 de julio de 2011

Y se ganó la lotería.

Cuento.
Por Armando Brugés Dávila

El calor era insoportable. En la ciudad a medio día la gente solo deseaba, por lo menos, estar bajo la sombra de un generoso árbol de almendro o trupillo.
Era época de carnaval, pero a decir verdad, la ciudad parecía no tener cómo ni con qué responder a una fiesta popular tan exigente en organizacion y derroche. Los tiempos de las cumbiambas con mechones de billeters encendidos de que se ufanaran los antiguos bananeros, muchos de ellos hoy palmeros, habian pasado a la historia y no volverian con su estela de explotacion y miseria. Otras formas de despojo habian tomado su lugar.

Allí en aquel pequeño local de 3x4 se encontraba un grupo de colegas técnicos empíricos de computadoras. Todos pertenecían a ese grupo de obreros empiricos desempleados, consecuencia de esa misma tecnología, en la que curiosamente trabajaban, muchas veces poniendo en jaque a los encopetados técnicos de esas multinacionales, por la increíble habilidad que algunos mostraban cuando de descifrar sus tan elaborados controles de operatividad técnica se trataba.
Se sudaba a la lata. Ellos solo gozaban del aire acondicionado cuando iban a los almacenes a comprar repuestos o cuando les tocaba en suerte un cliente con ese tipo de artefactos instalados en su casa.
Era un sábado, dia de la semana en el que acostumbraban a reunirse a medio dia, más que para contarse sus angustias económicas, colaborarse entre ellos dándose mutuas luces en la solución de problemas que presentaban algunos trabajos de reparación a ellos encomendados.
En medio de la algarabía, propia de reuniones costeñas, llego un vendedor de chance, y dirigiéndose a uno de los contertulios, le dijo:
Huy papá, coronastes.
Como así, men?
Te sacaste la bolita con el 433 que te vendí ayer. Son millón trescientos mil barras.
P´a jodete, dijo el muchacho.
Seguro loco, mira p´a que veas.
Y mientras el aludido comenzó a buscar en su cartera, el silencio comenzó a apoderarse del grupo, como una manera de comenzar abonarle a la noticia el beneficio de la duda.
Huy, Mamita. Sí, este es el número. Dijo el apostador.
Y preguntó.
Oye, pero sí estás seguro que salió ese número?
Claro. Y por qué crees que estoy aquí, ...para que me tires una esquirla de lo que cobres.
Hugo, así se llamaba el feliz ganador, comenzó a notar que su ritmo cardiaco iba en aumento y solo atinó a sacar el celular y llamar a su compañera sentimental:
Mami, mi amor coronamos. Me gané un millón trescientas mil barras en la bolita. Ahorita te caigo allá. Y colgó.
Luego dirigiéndose a sus amigos dijo: A quien me lleve le doy treinta barras del premio.
Casi al mismo tiempo dos de ellos dijeron:
Vamos, dijo uno.
Yo te llevo en la moto, dijo a su vez el otro.
Pero un tercero manifestó dijo:
No. Eso puede resultar peligroso. Oye, es un millón trescientos mil pesos. Y como están las cosas en la ciudad. Acuérdense, ayer mataron a una pelá en la entrada de la universidad para quitarle un computador de millón y pico, ahora que es billete en rama. Creo que es mejor que vayamos en mi carro.
A lo que Hugo le inquirió.
Oye loco, tu no estabas diciendo ahorita que tu carro no quería prender. Cómo vas a hacer.
Lo que pasa es que ese carro prende pero empujado
Listo, vamos, ripostó Hugo.
Y todos salieron a empujar el carro, un mazda verde 323.
Cuando el carro prendió, otro de los contertulios dijo:
Yo voy como escolta, por si acaso.
A lo que otro remato diciendo: Va pa esa, yo te hago la segunda.
Ya en el sitio de cobro, ubicado diagonal a la Catedral Basilica y al lado de la que fuera residencia del expresidente Jose Maria Campo Serrano, mientras el propietario del vehículo se quedaba dentro para no dejar que este se le apagara, los amigos que hacían de escolta se bajaron y ubicaron en sitios estratégicos, uno en la esquina y otro a la entrada de la oficina.
Hugo, mientras tanto, se bajaba e iniciaba su marcha hacia las instalaciones de la empresa responsable del juego de azar. Mientras caminaba hacia allí, su corazón latía cada vez mas aceleradamente, no podía dejar de pensar en su buena suerte, aquella plata si bien no le solucionaba todos sus problemas, si le resolvería algunos claves, sobre todo el del arriendo de la casa.
Afuera, todo era expectativa, los minutos se hacían interminables. Para el chofer 30.000 pesos, le solucionarian por lo menos dos días de gasolina. Por su parte los improvisados escoltas, veían un sábado de carnaval más pachanguero y alegre. Por lo menos tendrían con qué acercarse a la procesión de San Agatón en Mamatoco, a quien el pueblo ha bautizado como "el santo borrachón", y el cual durante su recorrido por el pueblo en solemne procesion, cargado en hombros por feligreses, es bañado en ron por la multitud agorera y fanática. Lo que a permitido a algunos parroquianos pensar que si por ron fuera, a la Virgen del Carmen que celebran en Julio, quien sabe que nombra le tocaria.
Al salir Hugo, el amigo que fungía de escolta, que le esperaba en la puerta, ante su mirada un poco extraviada le pregunto:
Aja loco y qué?
A lo que Hugo le respondió:
Huy, hermano, todo fue un falso positivo. El numero si era ese, pero jugó con el sorteo de anteayer. Tanta belleza no podía ser verdad. ¡Vida malparida!

martes, 31 de mayo de 2011

Soledad

Cuento,
Por Armando Brugés Dávila.
Sera cierto lo que mis ojos están viendo. Gumersindo, que sorpresa, cuándo llegaste?
Apenas ayer en la mañana.
¿Cómo dejaste la capital?
Con mucho frio.
Oye a propósito te conoces con mi amigo, el doctor Noguera.
No. Mucho gusto, Gumersindo Peñalosa.
El gusto es mío señor, Melquiades Noguera.
Me alegra tanto verte Alberto. Precisamente cuando venía en el avión pensé si sería posible ver al amigo de juventud. Cuanto hace que no nos veíamos?
Por lo menos 10 años. Pero hagamos una vaina, vayamos a la casa y nos tomamos un tinto de la Sierra Nevada, donde ahora se produce uno de los mejores del mundo.
Esa me suena bien. Vamos, dijo Gumersindo.
A lo que Melquiades se excuso, por tener una diligencia urgente que hacer.

Ya solos los amigos, caminaron un par de cuadras y pararon al frente de una casa de paredes anchas, puertas y ventanas de un verde opacado por el tiempo y un techo de tejas ya negruzcas por el agua y el sol.
Presuroso Alberto, toco a la puerta una, dos y tres veces.
Al no recibir respuesta dio un leve empujón a la misma y esta cedió.
Una vez ingresaron con voz pausada y algo melosa, mientras acomodaba al amigo comenzó a llamar:
¡Soledad! ¡Soledad! ¡Soledad!
Pero a la expectativa de su amigo por ver salir a la señora, solo un silencio profundo se escuchó como respuesta.
- Oye Alberto, parece que tu mujer salió.
En ese momento, su rostro se contrajo y como quitándose una máscara, con voz entrecortada solo alcanzo a decir:
Que salió ni qué carajo, lo que pasa es que quedé viudo hace tres meses y esta soledad me está enloqueciendo.
Y comenzó a llorar.


Santa Marta, Abril 6 del 2.000

sábado, 30 de abril de 2011

Luto en el Caribe.

A mi amigo Antonio Blanco Ramírez.

En los tiempos en que Pescaito era el asiento casi natural de riohacheros, dibulleros, camaroneros, punteros y otros grupos guajiros que venían a estas tierras, nadie recuerda cómo, pero el hijo de Micaela murió.
Su dolor de madre se escuchó en todo el playón.
Micaela, ante el féretro de su hijo a voz en cuello reclamaba a su Dios el haberselo arrebatado, dejándola en la más infame soledad.
Tú no puedes ser tan malvado, le decía.Pensando que ya no tendría a quien mandar a la casa de su antiguo marido, al otro lado del barrio, en donde vivía con su nueva moza, a buscar la plata que le servía para comprar la comida diaria en la plaza de mercado del centro, diagonal a la antigua Iglesia de San Francisco.
En aquel ambiente canicular de un trópico inclemente pero sano, los quejidos de la mujer se fueron haciendo cada vez más pesados y tristes, el mundo se le había venido encima y esta sola idea le generaba un terror que le embotaba los sentidos.
Lo que hacía más terrible la tragedia, era el tiempo de su ocurrencia, diciembre era el mes de las relaciones vitales afectivas mas profundas, de las grandes tristezas y de las alegrías intensas. A partir de entonces a Micaela se le cambio el mundo, de la mujer alegre y fantasiosa que del baile había hecho una de las razones de su vida, al punto que sus vecinos la comparaban con la legendaria María Barilla, la famosa reina del porro en las sabanas de Bolivar, quedaba muy poco.
Ahora vestía de riguroso luto, bata negra y larga que le llegaba a los tobillos cerrada al frente con grandes botones también negros, mangas largas y cuello alto, como era la usanza, debajo de la cual era costumbre usar otro traje llamado “ negrito “, de fondo blanco con pintas negras, el cual servia para estar en la casa. De igual manera sus aretes y anillos estaban forrados con tela negra, su cabeza permanecía cubierta con una pañoleta del mismo color. El conjunto en sí, bien podría interpretarse como la renuncia dramática y consciente a todo aquello que amable y generosamente le brinda a los seres humanos el acontecer irrepetible de la vida.
Ofelia, la dueña de la única tienda de aquel caluroso sector, su mejor amiga, la acompañaba en su angustia y todas las noches se convertía en testigo de un llanto nervioso con el cual Micaela, en la tienda, le expresaba su sufrimiento y lo difícil que le resultaba sobrellevar su tragedia. Su confidente la escuchaba en silencio, rumiando su impotencia y renegando de las injusticias de la vida. A su entender Micaela no había sido una mala mujer para recibir tan duro golpe, infortunadamente así le había tocado y no había nada que hacer, aparte de tener resignación.
Se iniciaba febrero y los vecinos ya comenzaban a pensar en el carnaval.
Los dueños de tamboras comenzaban a templar sus cueros y los vendedores de baratijas a traer sus telas de floripones, sombreros de toda clase y máscaras de papel representando burros, tigres, conejos, leones, pájaros y todo cuanto se pudieran imaginar aquellos artistas populares. Mientras que por la ruta de la clandestinidad los capuchones y antifaces comenzaban a circular con el único propósito de permitir a las mamasantas de siempre su presencia en los salones de baile que surgían como por arte de magia en esta época de carnaval.
Una noche Micaela llegó a la tienda y en tono apesadumbrado comentó:
Ay niña Ofe, no se que me está pasando, pero últimamente no puedo conciliar el sueño. Si sigo así me voy a volver loca.
- Mija no te preocupes, eso te pasará. Acuérdate del dicho aquel que dice que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.
- No niña Ofe, no es por mi hijo. Es otra cosa, pero la verdad no sabría decirle exactamente que es.
Una semana más tarde, en una noche de luna llena con las que el cielo del Caribe suele adornarse, grupos de mayores, como era costumbre en época de carnaval, se comenzaron a reunir en las esquinas para realizar allí sus tamboras, cumbiones en donde las personas de más edad y otras más jóvenes, pero en ningún caso niñas, comenzaban a bailar al son de tamboras contratadas para el efecto. En aquellos tiempos era costumbre que en cada dos o tres esquinas los vecinos organizaran una tambora. En ellas hombres y mujeres bailaban al son de los cueros, ellos alardeando de su machismo y ellas como pequeñas arañas demarcando con las plantas de sus delicados pies filigranas en que existencia y ritmo parecían confundirse.
Los tambores y las flautas de millo comenzaban a escucharse llamando a los bailadores, a quienes la sangre bullía de manera similar a las brasas del fogón allí encendido para que los alumbrara durante el baile, el mismo que acuciado por la brisa lanzaba miles de brillantes chispas que contribuían a aumentarlo disminuyendo la penumbra de la noche.
La tienda de la señora Ofelia quedaba precisamente en una de esas esquinas, razón por la cual en aquel sitio comenzaba a arremolinarse la gente, lo que aunado al ruido de los tambores casi que impedía a las dos mujeres hablar.
- Niña Ofe, esta fiesta me da mucha nostalgia. Es más, me hace recordar a mi difunto hijo, él siempre me acompañaba a comprar la tela con la que me hacía la saya que luciría en la cumbiamba.
De pronto se dio inicio al cumbión y las mujeres esperma en mano, caracoleando lentamente sus faldones, comenzaron a girar sobre sí mismas y en derredor del círculo previamente establecido. Los hombres por su parte, sombrero en mano giraban en torno a ellas, agitando sus cuerpos con soterrada lascivia, como intentando cada uno lograr la rendición de su pareja y alcanzar de esta manera su entrega en un acto lujurioso de sometimiento carnal.
Mientras tanto Micaela, inquiría a su amiga Ofelia:
- No será que esta maluquera se me pasa con un traguito de caña?
- Si tu lo crees así, tómatelo. Dicen por ahí que al cuerpo hay que darle lo que pida.
- Bueno sírvame uno, pero eso si se lo pago mañana.
Al primero siguió el segundo y otros más. Y a cada nuevo trago Micaela iba sintiendo como si la sangre se le fuera arremolinando en sus sienes confundiéndola cada vez más en un torbellino de sentimientos encontrados.
De pronto como queriéndose escuchar a si misma gritó a pleno pulmón:
- Se acabó el luto, carajo.
Y dirigiéndose a su amiga, le dijo:
- No soporto más esta vaina. Yo quise mucho a mi hijo, pero el sonido de esa tambora es superior a mis fuerzas.
Y haciendo un gesto de resignación emocional voluntaria se recogió el faldón negro y lanzandose a la ronda cumbiambera, se hundió en el remolino cadencioso y erótico del pam pam de los cueros y el pagano sonido de las flautas de millo.
Santa Marta, Febrero 9 de 2011

Nunca falta un ...

Cuento.
Por Armando Brugés Dávila.

Aquella noche no había logrado cerrar los ojos, mi abuelita se la pasó quejándose del dolor y no tenía con que pagarle un médico para que la atendiera. No sabía qué hacer. Me estaba dejando ganar de la confusión y no convenía. Solo una opción quedaba, la de mi amiga Pastora. Ella me había propuesto ir a la entidad de previsión social a la que como empleada yo estaba afiliada, y hacerla pasar por mí.
No había otra. Tomada la decisión, solicité cita médica. La idea era que una vez obtuviera la orden, hablar con el doctor exponiéndole mi situación y rogarle me hiciera la caridad de atender a mi abuelita como si se tratara de mí, haciéndole ver que de no hacerme el favor la vida de ella podía correr peligro ya que se encontraba en delicado estado de salud, y no contaba con el dinero para llevarla a un médico particular.
Así lo hice.
Con la orden en mis manos y la satisfacción de haber logrado la primera parte de mi objetivo, fui a buscarla para llevarla a la consulta.
La espera duró dos largas horas, pues el doctor no sé por qué motivo se había retrasado. El llegar tarde parecia ser la costumbre de la mayoría.
Después de dos horas y una vez frente al galeno comencé a explicarle nuestra angustiosa situación. Al terminar, el doctor nos miró y en tono impersonal dijo:
- A ver, en estos casos me gusta ser muy claro. Como bien lo sabe, su abuelita no está afiliada a la entidad y por lo tanto no tiene derecho a este servicio. Esta orden viene a nombre suyo, no de la señora y eso no deja de ser un problema, pero de alguna manera se puede obviar, siempre y cuando cuente con la colaboración suya.
- Claro doctor, ni más faltaba.
- Muy bien, yo le hago el examen, pero con la condición de que me cancele la mitad de lo que cuesta una consulta particular.
- Pero doctor, si a usted con la orden que le he traído igual le van a pagar.
- Señora por favor, compréndame, yo no puedo regalar mi trabajo. Tenga en cuenta que se está ahorrando la mitad del valor del reconocimiento. Si le sirve así bien, en caso contrario hagamos de cuenta que no ha pasado nada.
- Doctor, no tengo alternativa. Espérenos mañana. Con permiso.
- Sigan ustedes, que mi Dios las acompañe.
Dejé a mi abuelita en la casa y salí en busca de mi amiga Pastora para que me orientara a ver con quién diablos podría conseguir prestado el dinero. El asunto no daba espera.
Pastora escuchó mi relato en silencio y al terminar solo atinó a decir:
¡Miserable! Solo le faltó pedirte que te acostaras con él.
Salimos entonces hacia la casa de don Salomón. Allí todo quedó resuelto al dulce veinte.
Al día siguiente:
- ¿Trae el dinero?
- Si doctor, aquí tiene.
- Gracias. Por favor tomen asiento.
Quince minutos después, y una vez terminado de auscultar a mi abuelita, me entregó un papel en el cual ordenaba unos análisis de laboratorio. Al leerla me encontré con que la misma estaba a mi nombre, algo que no tenia sentido porque era volver al principio, y se lo hice ver inmediatamente. A lo que respondió:
- Vea señora, yo no puedo hacer otra cosa. Si hago lo que usted me pide cometería una falsedad. Así como consiguió la primera, búsquese la otra.
- Pero doctor, no entiendo. Yo fui clara con usted, precisamente para evitar situaciones como ésta fue por lo que le pagué el favor.
Escuchar esto último pareció sacarlo de casillas y con la voz entrecortada por el enfado me respondió:
- Señora, está muy equivocada si piensa que puede menoscabarme. Yo soy un profesional de la medicina y como tal no le permito a usted ni a nadie poner en duda mi ética.
- Pero doctor...
- Por favor, no hay nada más que hablar. Que pase el siguiente.
- Mi abuelita, con su rostro demacrado por el paso inclemente del tiempo y por lo duro que le había tocado en la vida, entre desconcertada y anhelante solo atinó a preguntar:
- ¿Qué pasó?

Santa Marta, diciembre 15 de 2010