martes, 19 de marzo de 2013

Se fueron los pericos.

Por Armando Brugés Dávila

Todas las mañanas llegaban al frondoso árbol de Campano en donde, como es su costumbre, se habían apoderado de un nido de comején para poner sus huevos y empollarlos. El parque infantil del barrio, en esos momentos de algarabía tropical tomaba otra dimensión, era algo así como otro mundo inmerso en la mole de concreto y cemento en que se ha convertido nuestra ciudad en aras de la civilización, la misma que hoy día tiene al borde del colapso ambiental a la súper civilizada Pekín. Eran unas avecillas que sólo alegría, disfrute y complacencia traían a los habitantes del entorno. Se trataba de una bandada de loros del género aratinga, llamados comúnmente “carasucias”, que miden no más de 25 centímetros de la cabeza a la cola. Se les encuentra en áreas semiabiertas, al norte de Colombia en Magdalena, Guajira y Cesar, en los Llanos de Orientales, por todo el valle del Magdalena y también en la sabana de Bogotá.
Algunos vecinos permanecíamos vigilantes de que ningún malintencionado se acercara para hacerles daño ni mucho menos para robarles sus crías, pero no fue suficiente. La capacidad de destrucción del ser humano parece infinita. Por algo es la única especie que mata por el placer de matar, mientras las demás lo hacen para comer, alimentarse y sobrevivir, la nuestra lo hace por gusto, por diversión. Y esto desde el Rey de España, cazando elefantes en África, hasta el pelaito que sale por los follajes de nuestras carreteras con una honda a cazar pájaros, lobitas, tortolitas, mejor dicho lo que se atraviese y se convierta en objetivo  para dispararle su asesina piedra, por el sólo placer de verlos morir, así tan estúpida muerte no le beneficie en nada.
Una noche, seguramente  sin luna,  ese desquiciado  o desquiciados aprovechando la oscuridad, vara en mano asaltaron el parque, arremetiendo contra la morada de los indefensos animalitos, cuya única incorrección fue haber confiado en que nuestra especie, a más de no agredirles defendería su nidal, comprometiéndose ellos a solazarnos con sus parloteos mañaneros alegrando el ambiente, como diciéndonos que no nos preocupáramos,  que la vida bien valía la pena vivirse, siempre y cuando confiáramos en ella. Pero cuán equivocado estaban. Aquella fatídica noche, una vara asesina comenzó a reventar su morada de barro. A la mañana siguiente, en aquél parque sólo se encontraban desperdigados por el suelo, como después de un bombardeo de los que tanto se producen diariamente en todo el planeta, trozos de lo que una vez fue un rústico pero fuerte termitero y posteriormente un acogedor nido-refugio de pericos carisucios. Los depredadores de turno habían hecho exitosamente su trabajo destructivo, como cualquier ejercito imperial.
A esos jóvenes digo, pues no quisiera pensar que fuesen adultos los autores de tal despropósito, jamás se les ocurrió pensar cuál habría sido su comportamiento, si una noche cualquiera como aquella en que ellos cometieron su vandálica acción, unos dementes hubiesen llegado a su casa, como sucede a diario en este país desde hace más de 50 años, y sin motivo aparente alguno comenzaran a lanzar granadas y bazucas por el sólo placer de destruir las casas de sus padres, sin importarle que dejaran a sus seres queridos y a ellos sin techo ni hogar. Seguramente otra cosa hubieran terminado por hacer; infortunadamente no tuvieron tiempo para pensar y su instinto destructivo los superó y determinó. Hoy día, las mañanas no son tan alegres como antes en el Parque Infantil del Taminaca.


 

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