viernes, 3 de enero de 2014

No quiero ser aguafiestas, pero...


Por Armando Brugés Dávila.
El fenómeno Mandela me había conmocionado: no podía entender cómo un hombre perseguido toda su vida por el establecimiento de su país y mundial, hubiese provocado a raíz de su muerte y antes de ella, tan altísimo culto a la personalidad por parte de sus amigos y lo que es más curioso aún, de sus enemigos que hasta hacía muy poco tiempo no lo bajaban de terrorista.

Tomo entonces la decisión de averiguar qué había sucedido realmente con este hombre, habida cuenta que Suráfrica dieciocho años después de haber asumido el poder la mayoría negra, y en las primeras de cambio con él como presidente, seguía inmersa en graves problemas sociopolíticos. No resulta lógico que  a la fecha, más de un cuarto de la población de Sudáfrica (el 26,3%) sea demasiado pobre para saciar el hambre y más de la mitad (52,3%) viva bajo el nivel de la pobreza. Es decir, que después de dieciocho años, ésta sigue afectando a 25.5 millones de sus habitantes, incluidos negros, mestizos, indios, e incluso un 1% de blancos. Dicho de otra manera, casi dos décadas después del final del apartheid, millones de sudafricanos negros continúan viviendo en la pobreza. El aumento de la criminalidad, 50.000 muertes por año, es otra situación que comienza a aterrorizar a los surafricanos, en tanto que supera a la de los Estados Unidos en la proporción de 8 a 1. Ya sectores torcidamente interesados comienzan a hablar de un futuro incierto para Suráfrica, argumentando que al CNA (Congreso Nacional Africano) le quedó grande la responsabilidad de administrar el país. Lo cierto es que mientras un millón de blancos, de los cuatro que allí vivían, han salido del país temerosos de lo que allí pueda pasar a futuro, la población negra ha aumentado de 31.5 millones a más de 39 millones, es decir 8 millones más en el mismo lapso, lo que tiende a dificultar la situación.
Una entrevista concedida por Mandela desde la clandestinidad, en su calidad de jefe del brazo armado del grupo rebelde en la década de los sesenta, dio respuesta a mi desconcierto. En ella, el guerrillero aseguraba que su movimiento insurreccional a lo único que aspiraba era a que los negros tuvieran el derecho al voto o sea sufragar bajo el criterio de "un hombre, un voto". Sólo aspiraba a la independencia política, ni siquiera al poder político. Negar una petición tan elemental, sólo era posible bajo la presión de una prepotencia irracional, que sólo los blancos europeos han sido capaces de generar en su afán de poder. Pero una vez la mayoría de la minoría blanca, acosada por la presión mundial cayó en cuenta de ello, actuó rápidamente anulando la legislación del apartheid, concediendo el derecho al voto a los negros y llamando de inmediato a elecciones, pero eso sí, asegurándose que la Constitución quedara elaborada de tal manera que su poder económico quedase totalmente blindado. Así se hizo. Obviamente, los negros de una eligieron con sobrada votación, como era de esperarse, a Nelson Mandela. Pero aquí terminó el novelón: en Suráfrica, los blancos "entregaron" el poder político pero se reservaron el poder económico, de tal manera que los gobiernos negros quedaron con las manos atadas. Esa es la razón por la cual, la minería Surafricana que  juega en las grandes ligas del comercio mundial, como primer productor de platino del mundo, el quinto de oro, el quinto de carbón y uno de  los mayores exportadores de diamantes, presenta datos tan curiosos como que la Beers Consolidated Mines Ltd. tenga el control del 94% de la producción nacional de diamantes.
En mi concepto, Mandela fue ingenuo  al creer que con sólo la igualdad política, la suerte de sus compatriotas negros podría cambiar. En su momento, realmente lo único que hizo fue resolverle el problema a los blancos, en un instante crucial para ellos y para el establecimiento jurídico-político que habían instaurado para su beneficio. Era el momento en que el ochenta por ciento de la población se estaba saliendo de madre y el peligro era inminente para el orden institucional y social impuesto por los blancos. Surge entonces, aquel pacto fundamentado en la famosa ley llamada del Embudo que dice: Lo ancho para mí y lo angosto para los demás.
Tan ingenuamente equivocada fue su posición que hoy día, cuando se comienza a intentar lo que debió haberse negociado desde un principio, comienzan realmente los problemas. Algunos de ellos en contravía con cualquier vocación pacifista, como por ejemplo cuando el CNA, en su nueva legislación comienza a prohibir a los blancos ocupar numerosos puestos de trabajo reservado ahora a los negros, lo que ha traído como consecuencia la fuga de miles de ellos hacia el exterior. El Sida sigue azotando a la población negra, ocupando el país, como siempre, una triste vanguardia mundial al respecto. Otra viene a ser la reforma agraria, consistente en la devolución de tierras por parte de los blancos a los negros, las que fueron arrebatadas por los primeros durante la Colonia. Se supone que un 80% de las tierras cultivables están en poder de los blancos, ante lo cual el gobierno ha decidido obligarlos a vender a precio razonable o expropiar. Ya se está hablando de  que la impaciencia de la población negra por tener tierras, conduzca a una reforma agraria en la que termine imperando el caos y cause la ruina de la  agricultura, como supuestamente ha sucedido en otras partes de África. En otras palabras, los problemas  apenas comienzan; el señor Mandela lo que hizo fue un mal negocio, en el cual dejó contento a todo el mundo y nada más, si bien es cierto no se trataba de arrebatar a los blancos los medios de producción, sí  se requería un cambio en las relaciones de esa producción y en la tenencia de la tierra, aspectos que al parecer no se tocaron y que ahora resultan inevitables y como siempre peligrosos por la violencia que implican. A nadie le gusta que le quiten lo que tiene, así se lo haya robado. Es decir, todo parece indicar que en Suráfrica sucedió como en algunos países de América Latina, en donde las cosas  cambian para que nada cambie.





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